jueves, 22 de diciembre de 2011

El sonido de agitar una mano



Ese extraño batir de palmas no tiene ningún sentido,
y para mí es muy molesto.
[...] Destruye el estado de ánimo que mis colegas y yo hemos tratado
de crear con nuestra música.

Leopold Stokowski



Don Campbell, en su libro EL EFECTO MOZART, escribe los siguientes párrafos, en referencia al acto de aplaudir las interpretaciones exitosas en las actuaciones musicales:

El rito del aplauso es una abominación auditiva, al menos en la sala de conciertos. Los aplausos disipan de inmediato los poderes de la música que han ido intensificándose en el cuerpo y llegan a la cima al final de la interpretación. Cuando una música sublime me lleva a un estado de transcendencia, como lo hacen la Novena Sinfonía de Beethoven, un motete de Palestrina o la Missa Gaia de Paul Winter, prefiero quedarme como estoy y no ser bombardeado por un maremoto de ruido. Con mucha frecuencia mis amigos me ven aplaudir en los conciertos solamente cuando deseo borrar cuanto antes de mi memoria lo que acabo de oír.
En el Lejano Oriente, el batir palmas se usa precisamente de esa manera. A los meditadores se les enseña a batir palmas para disipar las ilusiones y purificar la atmósfera. La escucha más profunda es contraria al aplauso; permite que la fragancia y néctar del sonido acaricie la piel y masajee el alma. Actualmente en algunas comunidades, entre ellas unas cuantas iglesias y salas de concierto, en lugar de aplaudir la gente agita una mano para expresar su aprecio y admiración.
Batir palmas tiene su utilidad: es una buena manera de integrar los hemisferios cerebrales izquierdo y derecho, ya que las manos se encuentran en la línea media del cuerpo, creando harmonía entre la percepción racional y la estética. El chamán batía palmas con el fin de poner límites entre un estado mental y otro. Pero es necesario que encontremos nuevas maneras de demostrar aprecio y admiración por la música que acabamos de disfrutar sin dispersar esos sonidos mágicos. Tal vez el sonido de una mano agitándose es el más verdadero de todos los aplausos.

A mi, cada vez más, me molestan los aplausos. Afortunadamente, he tenido la dicha de poder disfrutar algunas veces con la interpretación de música sacra, en iglesias, durante la ceremonia mágica (bueno, desde el Concilio Vaticano II ya no tan mágica) de la eucaristía. Quién haya podido experimentar la sensación de dirigir una orquesta y/o un coro en esas circunstancias, recibiendo al final de la pieza el premio del silencio, sabrá comprender mis palabras.
¿Mi sueño? Casi irrealizable (no hay nada imposible). Dirigir la Misa en Si menor de Bach, en una catedral de proporciones áureas, con la liturgia de la misa tridentina y, ¡sin público!...

Esta vez no os pongo ninguna audición; os dejo en silencio agitando una sola mano...

Me voy a soñar...