martes, 20 de septiembre de 2011

Los vapores alquímicos de Parsifal

Mauricio Wiesenthal me ha secuestrado el alma, con su libro Luz de Vísperas, en el que funde varias técnicas, bebe de diferentes géneros y se sirve de estrategias narrativas procedentes de las más diversas disciplinas artísticas como la pintura, la épica, la tragedia, la lírica y, por supuesto, la música.
Os inserto, a modo de cebo, los siguientes párrafos extraídos del capítulo CLXI, con la seguridad de que aquellos que saben saborear buena literatura envejecida en madera de roble negro, saldrán prestos a buscar un ejemplar en la librería de guardia más cercana:
El maestro Loewe habló aquella noche del Parsifal.
-Me gustaría poder ofrecerle ahora, doctor Kailas, el Preludio del Parsifal, como suena en este momento en mis oídos. Mejor que el mejor coñac.
Gustav observó que frau Werner, sentada justo debajo de ellos, en el gineceo, parecía aguzar el oído.
-Primero el tema material con toda su densidad -el músico tarareó el tema y lo fue acompañando con las manos, como si dirigiese una orquesta-. Todo se entona en la mezcla. Luego la llama lenta del alambique va convirtiendo la materia de los instrumentos, la cuerda y el viento, en el espíritu sublime de los violines y cellos, del clarinete y el fagot. Después, ya sólo queda el alma -Loewe levantó sus ojos y sus manos al cielo, en un gesto teatral de entrega-: los instrumentos, una octava más altos. Y se va aclarando la sustancia tonal con flautas y clarinetes hasta que se convierte en perfume, en oración, en una fusión de los sentidos. Escuchen amigos, escuchen bien. No existe ya el instrumento... sino la orquesta.