viernes, 30 de enero de 2009

¡¡¡Puñetah, ehte tío me va a vorvé otra ve loco!!!

Manuel Castillo


La Orquesta Bética Filarmónica de Sevilla visita Jerez a principios de los años ochenta. Acudo ansioso a la Catedral, lugar del concierto, para saciar mi hambre y sed de música en directo.


De aquel día, mi disco duro cerebral recuerda una de las piezas programadas, sólo una... Se trataba de un Concierto para Piano y Orquesta cuyo solista estaba encarnado por el mismo compositor, un señor meditabundo, con la mirada perdida en lo infinito que, cuando tocaba el piano, daba la sensación de elevarse con él en una nube que viajaba flotando por todo el recinto para dejar caer, en forma de lluvia philharmónica, suaves melodías muy ricas en variados colores rítmicos, tricotadas en polifónicas caricias melodramáticas de las que me impactó especialmente un fugado desde las cuerdas graves a las agudas, insertado en el movimiento lento.


Pocos años después, matriculado en Composición e Instrumentación en el Conservatorio Superior de Sevilla, me convierto en alumno del mismo compositor-pianista, del que, durante algunos años, pude disfrutar los últimos momentos de su magisterio.


Manuel Castillo era su nombre (su renombre, pues está considerado como uno de los compositores españoles del siglo XX más interesantes) y, sólidos como un castillo precisamente sus conocimientos. No olvidaré jamás algunos análisis de ciertas obras maestras que tuve el honor de comprobar junto a él.


En la última estapa de su vida educativa, sufría una depresión provocada por las disonancias propias de la vida, que en su aspecto material aún ha de aprender a equilibrar a través de un cuerpo calloso imaginario, con su aspecto espiritual.


Un día me contó que, con veinticinco años decidió hacerse sacerdote, abandonando incluso a su novia, para ingresar en el seminario. Años después, sufría cuando decía misas, no podía soportar que su evolución como Ser Humano se iba alejando día tras día de las rígidas doctrinas tergiversadas de la institución religiosa a la que pertenecía; no pudiendo resistir mentir todos los días a la congregación, decidió colgar los hábitos, para volver a la vida seglar.


Esos años lo marcaron tanto, que al final, la siempre impertinente depresión, se empeñó en hacerle compañía en su soledad. Muy recuperado, un día me confesó que, tras haberle yo presentado una de mis enredadas composiciones juveniles en las que la búsqueda de la originalidad se confundía con la rareza de cierta mezcla deshármónica, su cabeza volvío a dar vueltas depresivas por un momento a la vez que, con su marcado acento andaluz y sin perder nunca su jovialidad y gran sentido del humor me decia que pensó: -¡¡¡Puñetah, ehte tío me va a vorvé otra ve loco!!!-

miércoles, 28 de enero de 2009

¿Te viene bien a las ocho de la mañana?

Joaquín Villatoro

Gratos recuerdos invaden mi espíritu cuando, traspasando el umbral de entrada a una nueva librería abierta en mi ciudad natal, vuelvo a oír resonando dentro de mí la voz de mi recordado Maestro de juventud, D. Joaquín Villatoro: -¿Te viene bien a las ocho de la mañana?- me decía con su acento universal marcado por numerosos viajes, mezclado con cierto aroma andaluz revoloteando entre semicorcheas y trinos y aderezado con una profunda mirada beethoveniana, que me ha hecho pensar siempre en una posible reencarnación...
En efecto, a las ocho de la mañana me citaba para impartirme una de sus clases, siempre magistrales, en las que la música acababa unida a la filosofía, a la política y a todo saber que en cada instante asomara por su estudio, por su aparentemente desordenado estudio de la Plaza Vargas en el que, sin embargo, un orden harmónico vibraba ayudado por las cuerdas de su piano de cola repleto de papeles pautados y presidido por un busto de Beethoven (¿su anterior encarnación?).
La nueva librería (Hojas de Bohemia) no podía haber elegido mejor emplazamiento para iniciar su camino: justo el lugar que treinta años atras acogía el simpático estudio de mi Maestro, estudio que vió nacer sus últimas composiciones y que, tras su marcha a Madrid una vez jubilado, no quiso ser ocupado por ningún tipo de negocio que no respirara por todos sus poros una actividad propia de la condición humana, de la búsqueda del saber con todos sus colores.
Ese mi primer día como cliente de una nueva librería, Chopin me recibió recordándome, a través del hilo musical abierto para alimentar la estancia de magia philarmónica, que a finales de los setenta, mi yo adolescente disfrutaba de la compañía sabia de un ser altamente interesante que muy pocos de mis conciudadanos intentaron comprender. Un ser que, viviendo su profesión (su vocación) en continua guardia, como las farmacias de 24 horas, a la pregunta de su inquieto discípulo -¿a qué hora vengo a la próxima clase D. Joaquín?- respondía sin pensar: -¿Te viene bien a las ocho de la mañana?- Y a las ocho de la mañana estaba yo saboreando sus enseñanzas, sus historias, sus harmonías, sus philharmonías...