miércoles, 16 de febrero de 2011

Harmonías del Cielo y de la Tierra

Joscelyn Godwin, profesor de música de la Colgate University, nos habla en su libro Harmonías del Cielo y de la Tierra sobre la dimensión espiritual de la música desde la antigüedad hasta la vanguardia. Esta reflexión sobre los efectos de música y su relación con el mito, el ocultismo y el arte, repleta de numerosos ejemplos procedentes de épocas y tradiciones variadísimas (Grecia, la tradición cristiana, la mitología germánica, la ciencia renacentista...), es imprescindible para los que saben que la música no es un simple pasatiempo o adorno, para los que buscan otro modo de percibir la música clásica, indisoluble de la espiritualidad.
Editado en España por Paidós, con traducción de Radamés Molina y César Mora, su sumario con sus sugerentes títulos, hacen la boca agua de cuantos amamos la filosofía de la música. Os lo adelanto para que no podáis resistir la tentación de correr a encargarlo a vuestro librero de cabecera:

Sumario

Prólogo y reconocimientos

Primera parte
Ascendiendo al Parnaso

I. Los maravillosos efectos de la música
II. Escuchando las harmonías secretas

Segunda parte
La gran obra

III. La alquimia musical
IV. La música y el flujo del tiempo

Bibliografía de obras citadas

o O o

Para haceros rabiar, os adelanto los primeros párrafos del primer capítulo:

Anfión y Zeto, hijos gemelos de Zeus y Antíope, fueron criados en secreto, como otros muchos héroes, para eludir las fuerzas malignas que buscaban destruirlos en su infancia. Mientras crecían entre pastores en el monte Citerón, Anfión fue favorecido por Hermes que le regaló una lira. Zeto, el más práctico de los dos, se mofaba de la devoción que su hermano sentía por el instrumento y que le impedía dedicarse a cualquier cosa útil. Pero luego, cuando los gemelos habían conquistado Tebas y se ocupaban de fortificar la ciudad, le tocó reír a Anfión. La música de la lira hacía que las piedras se deslizaran sin esfuerzo hacia su sitio mientras Zeto se afanaba en levantarlas con sus propias fuerzas. Así fue como las murallas de la Tebas de las Siete Puertas fueron erigidas gracias al poder de la música.

El mito de Anfión ha sido siempre uno de los favoritos entre quienes escriben sobre el poder extraordinario de la música. Junto con Orfeo, ablandando el corazón de Plutón con su canto y Arión, llamando a su delfín salvado, Anfión completa la trinidad mitológica de figuras que aparecen como espíritus tutelares en los encabezamientos de muchos tratados antiguos. En tiempos antiguos sus historias se contaban sin necesidad de ser comentadas. Más tarde se hicieron intentos de encontrar explicaciones psicológicas o simbólicas para estos hechos en apariencia increíbles. En la actualidad tan vez ha llegado el momento de verlos bajo una nueva luz: pues las opiniones comúnmente mantenidas sobre la música, por no hablar ya de las piedras, necesitan ser revisadas.
Quien descarta este o aquel mito como locura o ficción no merece ser llamado intérprete. Incluso un materialista ha de esforzarse en encontrar un sentido adecuado a la reverencia que siempre se le ha profesado a los mitos; un núcleo de verdad que justifica su repetición durante miles de años y que no se puede sostener en la mera ficción. Posiblemente la mejor manera en que un racionalista puede encarar el mito de Anfión es considerarlo como una reminiscencia tradicional de ese período ciclópeo que nos ha dejado enormes monumentos de piedra a lo largo de todo el Mediterráneo oriental. Anfión, pues, pudo haber sido algún ingeniero prehistóric en posesión del conocimiento matemático que subyace a toda la música antigua y que es uno de los regalos legendarios que Hermes hizo a la humanidad. Alguien así debía conocer técnicas y cálculos que hacían factible el movimiento de las piedras (mientras que los estratos, contrapesos y ajustes de los planos inclinados habrían seguido siendo un misterio para sus trabajadores y espectadores), merecedoras del nombre de "magia natural", que es como se conocería a la tecnología hasta la época moderna. Y si este arcaico ingeniero también conocía el valioso efecto que los movimientos rítmicos y las canciones de trabajo podían tener sobre un grupo de obreros el cuadro se completa: Anfión no entonaba encantamientos sino cánticos...

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