domingo, 6 de febrero de 2011

An die Freude (A la Voluptuosidad)

Mario Roso de Luna, el Sabio de Logrosán, llegó a mis estanterías en los años finales de mi séptimo ciclo evolutivo. Mi amigo Manolo Ramos, entonces mi "librero de cabecera", puso en mis manos un libro suyo, agotado, que poco después pude conseguir buceando entre librerías anticuarias: Wagner, mitólogo y ocultista. Uno de sus geniales capítulos está dedicado al "Filósofo de las harmónicas sonoridades, fervoroso cultivador de las tradiciones arcaicas, espíritu totalmente posesionado del idealismo platónico", que diría J. F. Carbonell (Natura, revista de Montevideo, Mayo de 1912), al Gran Sacerdote que dejó preparado el camino iniciático que hizo posible que el coloso de Bayreuth nos dejara entreabierto el Velo de Isis. El citado capítulo lleva como título Beethoven Teósofo.
Como estudioso de la Novena Sinfonía, llevo años recopilando todo tipo de datos sobre ella y tratando de descubrir sus muchos secretos ocultos. Al leer a Roso de Luna, me entusiasmó, entre otras muchas revelaciones, la traducción que proponía del poema de Schiller, An Die Freude, musicado por el Rey del Silencio de Bonn: A la Voluptuosidad...
Pero dejemos que sea Don Mario quien nos lo desvele más tarde. Antes, os recomiendo oír atentamente el podcast de Radio Clásica, de Radio Nacional de España que aquí inserto y que, dentro del programa Música y Significado, dirigido por el harmonista Luis Ángel de Benito, pudo ser oído el pasado 2 de enero de 2011. Una vez oído, comparad la traducción tradicional que escucharéis por encima de la música, con la que propone el erudito logrosano, insertada como colofón de este artículo.


Extracto del capítulo Beethoven Teósofo de la obra

Wagner, mitólogo y ocultista de Mario Roso de Luna

...Y llegamos así, de sublimidad en sublimidad, a la incomparable Novena Sinfonía, cuyo juicio resumió Wagner con estas solas palabras: «Somos tan ingenuos que continuamos escribiendo Sinfonías, sin darnos cuenta de que la última hace tiempo que fue escrita». Sin el precedente, en efecto, de día, de la Misa en Re y de los últimos cuartetos; las más colosales obras de Wagner, tales como el Parsifal y la Tetralogía, acaso no habrían llegado a ser lo que por ellos fueron. De la composición de aquella, al decir de los biógrafos, salió Beethoven como transfigurado y rejuvenecido: ¡había bebido en la copa de los dioses el sagrado licor del Soma, que da la inmortalidad y derecho a un puesto en el «Banquete» de los héroes de la Walhalla!.....

Es de interés para el propósito fundamental de este libro el que se nos permita detenernos un momento acerca de la génesis literario-musical de la última Sinfonía beethoveniana.

Ya dijimos en el capítulo anterior al hablar de Weber y de la literatura romántica (El Autor se refiere a otro capítulo de su obra El Drama lírico de Wagner y los Misterios de la Antigüedad. N. del E.) que Federico Schiller, el Goethe de los humildes, de los atormentados, el precursor de Heine, había ejercido siempre con sus misteriosas poesías dulces, gran influencia en la mente de Beethoven. «Quien, después de haber oído una de las sinfonías de éste, lee las cartas de Schiller sobre la educación estética, dice Lickefett, reconocerá que el idealismo alemán jamás tomó tan alto y temerario vuelo como en aquellas obras». (Lickefett “El Teatro de Schiller”, tesis doctoral).

El músico supo enlazar con el poeta, su destino y del consorcio de dos artes tan supremas ha surgido El Himno de la Humanidad, que es como siempre debería llamarse la letra y la música de la Novena Sinfonía. Pero hay mucho que anotar respecto de ella que aún no se ha dicho, preocupados los escritores y el público sólo por la sublimidad de la partitura.

«En 1784, añade Lickefett, entabló Schiller estrecha amistad con cuatro admiradores suyos: Koerner, padre del que luego fue célebre bardo de la guerra de la independencia; Huber y sus dos compañeras las hermanas Stock, residentes en Leipzig, y aceptando su hospitalidad generosa, abandonó el poeta para siempre a Manhein, pueblo donde le amargaron la vida multitud de contrariedades y apremios pecuniarios, como luego a Wagner. A los pocos días se hallaba ya Schiller en el mejor de los mundos, al lado de sus nuevos amigos, en medio de la más santa y franca de las intimidades que pueden hacer que el hombre bendiga a la Humanidad de que forma ínfima parte, en lugar de maldecirla. La generosidad y amor de aquellos hombres, en efecto, alejaron del poeta los bajos cuidados todos de la existencia, dejándole vivir en el puro cielo de su excelso espíritu durante aquellos los más tranquilos años de su vida, cual no los había experimentado el infeliz ni aún en su propia infancia. Este calor fraternal, esta amistad santa, esta disposición de ánimo hacia cuanto hay de verdaderamente humano y no animal en el hombre, inspiraron, pues, al noble Schiller las estrofas inmortales de su himno «A la alegría» (An die Freude), himno cuyo verdadero título es «A la Voluptuosidad» en el más purísimo, trascendente y originario sentido de la palabra: no en el degradado que tiempos posteriores la diesen.

No es indiferente este serio asunto: Voluptuosidad en lengua latina es más que alegría ordinaria, pues que es alegría trascendente y pura, voluptuosidad en lengua romance es algo bajo, casi obsceno... La primera es alimento de los dioses y de los grandes místicos, pues que equivale a éxtasis, amor trascendente, deliquio divino; la segunda es indigna hasta de los hombres..... pues conviene no olvidar nunca, tratándose de asuntos elevados, que en todas cuantas palabras de las lenguas neolatinas se hace referencia a los incomprendidos conceptos filosóficos de la antigüedad sabia, ha sido vuelto sencillamente del revés su primitivo significado, para hacer verdadero aquel profundo aserto hermético de Blavatsky de que «los dioses de nuestros padres son nuestros demonios». Es decir que respecto a tales palabras, si bien se ha conservado el cuerpo, o sea la forma, háse perdido del modo más lastimoso el espíritu. Por eso todas las palabras neolatinas de dicha índole filosófica, como hijas que son de una lengua sabia perdida, cuyo espíritu se perdió también, son meros cadáveres y como tales cadáveres han de ser consideradas y reconstituidas en su significado original por el verdadero filósofo. Tal sucede con la palabra «voluptuosidad», «voluptuoso», y sus afines. (Consular Nota al pie)

Con aquella primitiva significación trascendente tomada, la sublime oda de Schiller «An die Freude», «A la Voluptuosidad de dioses» el supuesto canto anodino de «a la alegría», adquiere desconocido vigor y un relieve excelso, cual sucede siempre cuando a los buenos aceros damasquinos se los limpia de la herrumbre de los siglos, porque aquella composición del mejor de los líricos alemanes parece un himno arrancado a los Vedas o a los Eddas sagrados, no siendo ya de extrañar, por tanto, el que Beethoven la tomase por tema de inspiración musical para la más ciclópea de sus obras, donde por vez primera en la historia del arte se hace elemento sinfónico a la voz humana, como prólogo verdad del moderno drama lírico wagneriano. Séanos, pues, permitido el glosar la divina oda, oda del éxtasis más legítimo, el éxtasis único del Amor a la Humanidad, así, con mayúsculas.

- «Oh voluptuosidad, la más bella refulgencia divina, hija del Elíseo. Ebrios de emoción osamos penetrar en tu santuario cantando: - Tu mágico efluvio anuda los santos lazos que el trato social, despiadado y cruel, osara romper un día... ¡Todos los hombres son hermanos; todos son UNO bajo tu égida protectora!».

Y el coro contesta:

- ¡Miríadas de miríadas de seres que pobláis el mundo y pobláis sin duda los Cielos sin limites: facetas innúmeras de un solo, único e inconmensurable Logos, yo os estrecho contra mi corazón!... ¡Un inmenso abrazo para el Universo entero!: ¡Hermanos, hermanos míos, alegraos, todo se une y todo conspira al Santo Misterio, y aquí en nuestro ser y allá y doquiera tras la bóveda estrellada un Padre-Madre amante nos cobija a todos!.. ¡Qué todo cuanto pulula en el ámbito de la Tierra y del Espacio rinda su homenaje a la simpatía del gran misterio teleológico!... ¡Ella, en progreso sin fin, nos eleva hacia los astros PER ADSPERA AD ASTRA, donde existen sin duda mundos más excelsos!». . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Como Krishna, como Buddha, como Jesús, como la misma Revolución francesa, Schiller y Beethoven, unidos por el divino lazo de un arte sin fronteras, no han enarbolado otra bandera que la del dogma humano único: ¡LA FRATERNIDAD UNIVERSAL!.

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NOTA AL PIE

Cualquier diccionario de las lenguas neolatinas, viene a decir así: «Voluptuoso, voluptuosa, adjetivo equivalente a muelle, blando, afeminado, sensual, libidinoso, lascivo, etc. Dícese de la persona dada a los deleites carnales, y se extiende a todo aquello que inclina y provoca a ellos, o los fomenta. Lo lúbrico, obsceno, impuro, torpe». «Voluptuosidad, sustantivo femenino. Cualidad, condición o naturaleza de lo voluptuoso. Molicie, afeminación, corrupción de costumbres, libidinosidad, sensualidad. En mitología es una divinidad alegórica que se representa bajo la figura de una mujer joven, hermosa y desnuda, coronada de flores y teniendo en la mano una copa de oro en la que bebe una serpiente. Otros la pintan tendida en un lecho de flores, ardiente el rostro, lascivo el mirar y asiendo un globo de cristal con alas o un caduceo». . .

En una palabra, el prototipo del mal, la bajeza y el vicio. . . Tal es la medalla neo-latina.

Veamos ahora el reverso en los clásicos, es decir su nobilísimo significado prístino.

«Voluptas, voluptatis, femenino. Volutta, placere, wollust, wolgefalen, volupté, plaisir, deleite, . . . . . . . . . . . . laetitia, praeter modum elata ex opinione presentís alícujus boni; omne id quo gaudemus. Dicitur tan de animo quam de corpore; tum de bona voluptate, tum de mala. Omne id, quo gaudemus, voluptas est ut omne quo offendimur dolor (Cicerón 2. Fin c. 37), Voluptatis verbo omnes qui Latine sciunt, duas res subjiciunt, laetitiam in animo, commotionem suaven jocunditatis in corpore (ib. 1. 2, c. 4). Divinus Plato escam malorum voluptatem appelat, quod ea vide licet homines capiantur, ut hamo pisces (ib. I. de Sen. c. 13)», etc. (Calepinus, septen linguarum).

El contraste, como se ve, es absoluto. Voluptas, en su etimología sabia, significa exactamente lo contrario que en lenguas neo latinas, viciadas en su origen gracias a un sentimiento religioso respetable sin duda, cuando es sincero, pero incapaz por su propia esencia de abarcar todo el fondo de la sublime profundidad pagana antes de los días de su degradación. Por eso en su acepción prístina, se la personifica como una diosa casta y pura, nacida del ósculo, divino del alma humana con su Ego-Superior, chispa de la gran Llama de la Divinidad o Logos. En tal sentido, único verdadero, equivale a emoción trascendente más que a alegría sencilla; a elevación superhumana del alma; deleite divino, epopteia, éxtasis, amor suprasensible y místico, «compenetración íntima con la Divinidad que late en nosotros», que diría Schopenhauer; la toma de puesto, que Platón diría, en el magno banquete de los dioses; el estado de transfiguración de Jesús en el Tabor, estado que tantas veces presintiera Santa Teresa y del que el gran Plotino disfrutara sólo seis veces en su vida.

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1 comentario:

  1. Excelente información, ya la había leído de igual forma en la obra de Mario Roso de Luna y me llega muy bien ahora recordar estas palabras que inspiran y que realmente impulsan a seguir adorando la obra de este Maestro cuyo Espíritu permanecerá por siempre y su música que nos legó perdurará por todos los tiempos.

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Volaron a las esferas: