domingo, 24 de mayo de 2009

Wesendonck-Lieder

Esta señora que aquí veis es Mathilde Wesendonck, esposa de un banquero y mecenas llamado Otto Wesendonck, a la vez que amor platónico de Richard Wagner que, con las letras de unos poemas que ella misma había escrito, compuso el ciclo de canciones titulado Wesendonck-Lieder, para voz femenina y piano. Actualmente, suele ser más habitual que se cante la versión orquestada por Felix Mottl, con soprano o con mezzo-soprano e incluso hasta con tenor y no es extraño que algún que otro barítono también se anime a cantarla.
La versión que hoy os presento es anónima, pero la voz que suena me recuerda mucho a Jessye Norman y casi me atrevería a afirmar que es ella la protagonista de las cinco grabaciones siguientes:
Empecemos por la primera canción del ciclo, cuya traducción os proporciono:
Der Engel (El Ángel)
En los albores de mi infancia oí decir que los ángeles cambiaban las felicidades celestes por la luz del sol terrenal. Así, cuando un corazón apenado oculta al mundo su pesar, cuando sangra en silencio y se funde entre lágrimas, cuando ruega con fervor pidiendo solo su liberación el Ángel desciende hacia él y, dulcemente, le conduce al Cielo. Sí, también un Ángel ha descendido sobre mí y sobre sus alas resplandecientes eleva, lejos de cualquier dolor, mi espíritu hacia el cielo.


En la segunda, si leéis la traducción, percibiréis en el acompañamiento el perpetuo devenir del tiempo...

Stehe still! (Detente)

Oh incesante Rueca del Tiempo, medidora de la Eternidad Esferas centelleantes del gran Todo que rodea nuestro globo. Creación original ¡detente! Cesad en vuestro perpetuo devenir ¡dejadme ser! ¡Detente fuerza creadora! Pensamiento primero en constante creación ¡Deteneos, hálitos! ¡Enmudeced deseos! Concededme un solo segundo de silencio. ¡Pulso enloquecido, calma tus latidos! ¡Detente, día eterno de la voluntad! A fin de que, en un afortunado y dulce olvido, pueda medir toda mi alegría. Cuando los ojos beben la alegría en otros ojos, cuando el alma entera se anega en otra alma, cuando el ser se encuentra en otro ser enmudecen los labios, silenciosos en su asombro y nuestro corazón secreto ya no tiene ningún anhelo. El hombre reconoce el sello de la Eternidad y resuelve su enigma, Santa Naturaleza.


La tercera sirvió a Wagner como boceto de algunos elementos presentes en el segundo acto de Tristán e Isolda; ahí van su título y traducción:

Im Treibhaus (en el invernadero)

Coronas de follaje en altas arcadas, baldaquines de esmeralda, vosotros, hijos de lejanas religiones, decidme ¿por qué os lamentáis? Inclináis en silencio vuestras ramas, dibujáis signos en el aire y, como mudo testigo de vuestras penas, se exhala un dulce perfume. Grandes, en vuestro ardiente deseo, abrís vuestros brazos para estrechar vanamente el horror espantoso del vacío. Sé muy bien, pobres plantas, que compartimos un igual destino. Aunque viviésemos entre una luz radiante nuestro hogar no está aquí. Al igual que el sol gozoso, que abandona el vacío esplendor del día, aquel que verdaderamente sufre se envuelve con el obscuro manto del silencio. Todo se calma. Un susurro ansioso llena la estancia obscura. Estoy viendo cómo pesadas gotas se hinchan en los verdes bordes de las hojas.


La cuarta canción se titula:

Schmerzen (Penas, tormentos)

Sol, lloras todas las noches hasta que logras enrojecer tus bellos ojos cuando, bañándote en el espejo del mar,
te ves abatido por una muerte prematura. Pero regresas con tu antiguo esplendor, gloria del mundo obscuro,
despertando en la aurora como un orgulloso héroe vencedor ¿Por qué, pues, debería lamentarme? ¿Por qué mi corazón ha de ser tan pesado? ¿Por qué incluso el propio Sol ha de desesperarse? ¿Por qué el Sol tiene que desaparecer? Y si solo la muerte da nacimiento a la vida, si solo los tormentos proporcionan la alegría, ¡oh, cómo te doy las gracias, Naturaleza, por los tormentos que me has dado!


Por último, otra canción que sirve como boceto a nuevos elementos posteriores; en este caso para el tercer acto de Tristán e Isolda:

Träume (Sueños)

Dime ¿qué sueños maravillosos retienen prisionera a mi alma, sin desaparecer, como pompas de jabón, en una nada desolada? Sueños que a cada hora de cada día florecen más hermosos. Y que, con sus prefiguraciones del Cielo, pasan felizmente a través de mi espíritu. Sueños que, como rayos de gloria, penetran en el alma para pintar en ella una imagen eterna: ¡el olvido de todo! ¡el recuerdo único! Sueños parecidos al sol de la primavera cuyos besos hacen brotar las flores entre la nieve y que, con una inimaginable felicidad, acogen al nuevo día. Y creciendo, y floreciendo, y soñando, exhalan su perfume, y se marchitan, dulcemente, sobre tu pecho para descender después al sepulcro.


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